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Los consejos para saber cómo decorar “correctamente” tu hogar inundan las páginas de las revistas y las entradas de los blogs en Internet. Que si los colores que favorecen tu personalidad, que si los tonos más adecuados para esa estación del año, que si los elementos a combinar según el feng shui…

Todo eso está muy bien. Y sirve de guía porque, seamos sinceros, normalmente se basan en muchos años de experiencia y en estudios más o menos formales. Así pues, se deben tener en cuenta y es una base adecuada sobre la que partir en cualquier proyecto de decoración.

No obstante, muchas veces me da la sensación de que nuestra personalidad y preferencias se camuflan hasta el punto de llegar a perderse en este tipo de cuestiones, es decir, por definiciones preestablecidas de lo que tiene y no tiene que ser.

Este hecho me parece preocupante en general y, especialmente, cuando hablamos de decorar el dormitorio de matrimonio. Se supone que es un espacio mío, para mi descanso, que tiene que cumplir mis necesidades y, por tanto, estoy convencido de que debe ser la estancia de la casa más personal; en la que más intervengan tus preferencias. Y sí, puedo admitir determinados consejos (como el del feng shui de no colocar un espejo frente a la cama) pero, aunque el amarillo sea el color que refuerza mi personalidad según los signos del zodiaco, lo siento, no pienso pintar las paredes de amarillo…

Desde luego, es una opinión personal pero, ya lo he dicho otras veces, la persona que vive ahí también tiene que jugar un papel fundamental en las decisiones. Con eso no quiero decir que se pueda prescindir de la faena de un interiorista porque él es el profesional que nos puede aconsejar sobre las mejores opciones para nuestras preferencias (sin imponer, claro) y, en el caso de que no seamos capaces de saber lo que queremos, intentar descubrirlo y materializarlo (sin ofrecer una solución altruista, sino totalmente razonada).